Las cigarreras de Sevilla

Desde que en 1875 el compositor francés Georges Bizet estrenara su célebre Carmen en el Teatro de la Ópera Cómica de París edulcorando el personaje creado treinta años antes por Merimée, se fue adueñando de muchos europeos la imagen de una mujer descarada, con algo de bruja y de ladrona, con un fuerte componente sensual y un magnetismo al que los hombres rara vez podían sustraerse; una especie de femme fatale a lo popular que no se exhibía por los salones envuelta en sedas,  joyas y demás brillos como aquéllas de París, sino que paseaba, libre, su belleza salvaje por el mundo. Sí, los europeos civilizados se rindieron, seducidos, a la cigarrera de la Fábrica de Tabacos de Sevilla.

Fragmento de Las Cigarreras. Gonzalo de Bilbao. 1915. Museo de Bellas Artes de Sevilla
Foto de Documento tomada de exposición en el Archivo Histórico Provincial de Sevilla

Mucho había llovido, incluso para una tierra tan sedienta como ésta, desde que Matías Martínez, casi al cierre del año de 1812, solicitara la admisión de sus tres hijas solteras en la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla. El fiel portero que había servido lealmente en la fábrica durante 49 años, temía próxima la muerte y dejar a sus hijas sin amparo. Una de ellas siguió la estela de su padre ejerciendo de segunda portera, y sus hermanas pasaron a la historia como las dos primeras cigarreras de la fábrica de Sevilla. Fue el comienzo de una realidad muy alejada del mito francés.

Casi doscientos años tuvieron que esperar las sevillanas para realizar las faenas que ya llevaban a cabo mujeres en fábricas que habían sido fundadas mucho después: Cádiz (1741), Alicante (1801), La Coruña (1804) o Madrid (1809). Y es que desde que se instalara la primera Fábrica de Tabacos de toda Europa allá por 1620 en la sevillana plaza de San Pedro, la producción se había centrado en la elaboración del tabaco en polvo −algo parecido al famoso rapé que luego elaborarían los franceses, pero menos oscuro, más fino, y producido únicamente en Sevilla – y, para los violentos esfuerzos que precisaban algunas de las faenas, consideraban necesaria la robustez masculina.

Tras sucesivas ampliaciones de las instalaciones por la creciente demanda se dió en construir, pasada la mitad del siglo XVIII, una nueva fábrica; un magnífico edificio con aires de fortaleza militar al que no faltaba elegancia que, a partir de febrero de 1813, ya en auge el consumo de cigarros, vió cómo se iban poblando sus patios y galerías de faldas, flecos, moños y flores. No sucedió aquello sin la resistencia de tantos hombres que mantenían sus hogares a base de trabajar a destajo y que, para engrosar sus salarios, habían descuidado sus labores hasta el punto de hacer cigarros inservibles o de muy baja calidad. Fue grande el descalabro para aquellos más de 700 operarios que fueron despedidos. Así, los muros de la imponente fábrica abrigaron a cigarreras gaditanas que enseñaban a las sevillanas la fina labor que debían desarrollar con sus menudos y delicados dedos −cuánta habilidad y esmero−, mientras los administradores del monopolio real tejían buenas cuentas adelgazando los nuevos salarios. Al fin y al cabo, pensaban, no iban a cobrar lo mismo aquellas mujeres que, o bien estaban solas sin alguien a quien mantener, o bien trabajaban para llevar un suplemento al hogar. 

Cigarreras de Sevilla. Colección personal Viejas postales de Sevilla nº 10. Ediciones Tabapress. Comisaría de la ciudad de Sevilla para 1992
Foto tomada en exposición del Archivo Histórico Provincial de Sevilla

Tampoco faltaban quienes se oponían al trabajo femenino velando por la conservación de la especie: “porque la población se aumenta con una familia en cada uno de estos jornaleros, al poco que se disminuye cuando son laborantas de cigarros las mujeres, las cuales saben que son despedidas cuando se casan y sólo aspiran a mantenerse solteras, tal vez con una vida inmoral y relajada.” (Sevilla 10 de octubre de 1807, Correspondencia del superintendente J. Espinosa a M. Cayetano Soler). Como quiera que a veces el mundo avanza a pesar de tantos frenos, en estos años y hasta 1859, la fábrica de Sevilla fue la única en la que se realizó el trabajo conjunto de hombres y mujeres.

A partir de la aparición del cigarrillo de papel en 1817, − gracias a los ensayos realizados en los conventos de clausura sevillanos a petición de la Real Fábrica de Tabacos−, las mujeres van a más, hasta ser imparables pocos años después.

Capatazas, maestras, pureras, cigarreras y aprendizas. Mujeres de todas las edades, de los 13 a los 70, casadas, viudas y solteras, hijas, madres y abuelas, de barrios y de arrabales, blancas y morenas. Mujeres orgullosas de su condición de trabajadoras, que no eran operarias sino cigarreras, comenzaron a mirar el mundo de otra manera, a reconocer la penuria en otras que eran como ellas, a ponerle nombre a sus carencias, a ver las injustas diferencias; niños de pecho en sus regazos o en sus cunas, mujeres cortando, alisando, desvenando, liando, en jornadas que no veían un final.

Allá por los años 30 del convulso siglo XIX comienzan los conflictos laborales en la industria textil catalana que marcan los inicios del movimiento obrero en España, y que tendría continuidad y auge en la segunda mitad de siglo con los mineros de la cornisa cantábrica. En Andalucía fueron mujeres, aquellas bulliciosas cigarreras de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla, quienes en 1838 y 1842 realizaron los primeros motines, que a partir de 1860 llamarían huelgas, reclamando pagos atrasados, mejoras en sus salarios y en las condiciones de trabajo.  Se contaban por miles aquellas trabajadoras que entonces lo eran del Estado, cerca del fin de siglo hasta 6.000 en Sevilla. Las protestas y algaradas se sucedían al avanzar el tiempo, ya no sólo sevillanas, ahí estaban las gaditanas, las gallegas, las de Madrid y Alicante; mujeres que vieron cercana la amenaza de unas manos mecánicas que sustituirían las suyas propias liando cigarrillos con más celeridad. Miles de cigarreras se revuelven en 1857, 1871, 1872 y, también hombres, compañeros de viaje. Las reivindicaciones de las cigarreras saltaban los muros de las fábricas en toda España, aquellas mujeres tan esmeradas en su trabajo manual, se hallaban a la cabeza de la lucha contra la máquina. ¡Que nos roban el Pan! gritaban en la fábrica y en las calles en aquel año de 1885; y luego vino 1896. La Compañía Arrendataria de Tabacos, empresa privada que ahora gestiona las fábricas en nombre de la Hacienda Pública, tendría que aprender a escuchar.

Las cigarreras, mujeres valerosas, ya habían conseguido cunas para los hijos que habían de llevarse al trabajo por no tener nadie que los cuidara, habían conseguido la primera “guardería infantil” de la que aún carecen la mayor parte de los centros de trabajo. Vencieron las máquinas, sí, vencieron los tiempos, pero a un ritmo más pausado: la reducción de puestos de trabajo se llevaría a cabo de una forma paulatina, conforme las más veteranas cigarreras se fueran jubilando. Pendientes de la salud, la familia y la vejez de sus compañeras, aquellas mujeres con salario propio, hijas, madres y abuelas, ellas también fueron pioneras del movimiento obrero en el país, ellas también araron los campos que en el siglo XX darían como fruto el movimiento sindical en España. Y TAMBIÉN ELLAS.  

(L’amour est un oiseau rebelle / Que nul ne peut apprivoiser…)

“El amor es un pájaro rebelde que nadie puede domesticar…”, canturrea Carmen contoneándose entre los estudiantes que deambulan por los patios y galerías de la vieja fábrica de Sevilla.

Isabel A. Puerto Molano

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