La Granada cristiana

      Desde el arrabal por excelencia, el Albaycín, declarado Patrimonio de la Humanidad, pasando por el encantador Realejo, el barrio judío, y sus múltiples iglesias y conventos. Muchas de ellas pudieran parecer sombras en medio de la monumentalidad de la Capilla Real o de la Catedral, pero asombra la delicadeza y la armonía de su decoración. La transformación de muchas de las mezquitas en encantadoras sorpresas conjugadas con el exotismo andalusí en un brillante concepto de originalidad, colorido y belleza.

      Impacta retrotraerse en la perspectiva del tiempo en pleno centro, pues del renacimiento pasamos en pocos metros al medievo islámico y judío, calles que sin más remedio hubo de recorrer uno de los mayores artistas de todos los tiempos, Alonso Cano. Y de él se dice que era su humor pésimo e intolerante. Hasta tal punto que sólo el roce con las ropas de un converso, lo instó a librarse en plena calle de las prendas contaminadas…

      O de las historias de los campaneros, que habitaban con sus animales las partes altas de las torres. Imaginar a los estudiantes de la Madraza, la Universidad, enredados por entre el batiburrillo de los comerciantes de perfúmenes y piezas de lujo, parsimoniosamente destacados por su atavío. O a los banqueros genoveses y venecianos, trapicheando en sus bancos de la Lonja, junto al mercado de seda más grande de Europa. O al gran Capitán, presente de esquina a esquina de la ciudad y que legó un destacable patrimonio, por desgracia poco valorado ante el ímpetu de los grandes monumentos centralistas, pero impresionante tanto por su obra como por su impactante belleza. Su casa en el Realejo, y dos de las joyas del barroco: La Cartuja, su fundación. Y su tumba, San Jerónimo. No tuvo vida el Gran Capitán para enorgullecerse de las maravillas artísticas que su azarosa vida habrían provocado en la ciudad. Pero sin duda le hubiesen satisfecho.

     

Entorno blanco, autor Alex Alemany

      Presidiendo la entrada al realejo, podríamos saludar al insigne Yehuda Ibn Tibbon, el padre de los traductores, casi en el mismo emplazamiento donde Manuel de Falla esperaba el tranvía. O influirnos del Ramadán en los jardines del Cuarto Real de Santo Domingo. O perdernos en los insignes palacios, entre el que destaca “La casa de los Tiros”, cuyo misterio subyace entre la semiótica de la decoración de su portada.

      Granada merece una inmersión en profundidad, mucho más allá de su célebre imagen. Déjate guiar, quedarás fascinado.      

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Autora: Laura Fernández-Montesinos Salamanca

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