Los retratos en la sociedad cortesana (III)

De qué nos hablan los retratos

En artículos anteriores hemos abordado las preguntas ¿qué son los retratos y para qué sirven? Hoy cerraremos la trilogía, dedicada a este género artístico, preguntándonos ¿de qué nos hablan?

La respuesta no puede ser unívoca; los retratos pueden hablarnos de múltiples cosas. Fundamentalmente nos muestran quiénes son o han sido los retratados. Para contarnos cosas acerca de sus identidades recurren a diversas estrategias y, como en todo proceso comunicacional, incluso pueden llegar a revelarnos cosas de forma no intencional. Nosotros, el público, debemos agudizar nuestra mirada para encontrar el máximo de información disponible.

Los retratos de corte hablan de sentimientos, de personas amadas, odiadas o temidas.

Hablan de egos, de fama y magnificencia.

Hablan de belleza, de fealdad o de disimulos.

Hablan de ausencias, de pérdidas, de tiempos pretéritos.

Hablan de pervivencia, de memoria, de tiempos futuros.

Los retratos de corte hablan de la vida cotidiana, de la forma de ver y comprender el mundo, de la sociedad en la que nacieron y funcionaron.

Los retratos usan las imágenes de los retratados para tejer historias con más o menos detalles. En muchos casos la pátina del tiempo nos ha robado la identidad del personaje efigiado. La imagen, por si sola, no ha sido capaz de retener el nombre, perdido para siempre en las tinieblas del pasado. Sin embargo, aún en esos casos, los retratos cuentan cosas y despiertan nuestra curiosidad.

Miradas, gestos, modas, escenografías, colores… siguen transmitiendo mensajes.

Nos gustaría mostrarte de qué manera los retratos pueden ayudarnos a “construir la historia”. Veamos un par retratos cortesanos infantiles.   

Fijaros que en uno de los retratos pintado por Alonso Sánchez Coello, la infanta Catalina Micaela, hija de Felipe II, sostiene un mono tití (fig. 1). En otro retrato, en este caso de Joris van der Straeten, volvemos a encontrar a la infanta, ahora acompañada de su hermana mayor, Isabel Clara Eugenia, junto a un loro y un perrito (fig. 2). Posiblemente se trate de un loro de gris de Guinea, cuyo coleccionismo en España fue introducido por Catalina de Habsburgo, esposa de Juan III de Portugal, enviando estas aves como presentes a sus parientes hispanos. La corte filipina se benefició enormemente de los vínculos portugueses a la hora de adquirir animales domésticos y exóticos.

Fig. 1 Sofonisba Anguissola o Alonso Sánchez Coello, Retrato de la infanta Catalina Micaela, (ca. 1573). Colección privada.

Fig. 2 Jooris van der Straeten, Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela (ca. 1569). Buckingham Palace, Londres.

Fig. 5 Alonso Sánchez Coello, Retrato del infante Fernando de España (1574-75). Walter Art Museum, Baltimore.

¿Qué nos cuenta la presencia de estas mascotas? Claro está que es una referencia a la vida cotidiana de las niñas, sus juegos, sus pasatiempos. Sin embargo, en una sociedad donde las imágenes aún son escasas, los “detalles” de los retratos se piensan en función del público que los recibirá. El loro es más que un ave exótica. Además de simbolizar el poder del dueño, nos habla de la extraordinaria infraestructura económica, comercial y política que implementa la logística para hacerse con tales criaturas. Las cortes portuguesas y española sabrán sacar provecho diplomático a tan venturosa posición. Estos animalillos, de procedencia exótica, se muestran como signos de poder, lujo y magnificencia (Pérez de Tudela, Albaladejo). Los animales de compañía eran muy estimados en la corte y, por tanto, no resulta extraño encontrarlos en retratos ya que funcionaban como símbolos del estatus de sus dueños (fig. 5) y del prestigio de la monarquía a la que representaban. Son los equivalentes de las marcas y objetos glamourosos que lucen hoy en día los influencers en cada una de sus apariciones.  

A partir de la presencia de estas mascotas exóticas hemos de imaginar el boato que envolvía a los infantes. Con ellos se daba a la apariencia cortesana una mayor riqueza y majestuosidad, en concordancia con el ceremonial borgoñón. En un segundo retrato de ambas, Catalina Micaela sujeta con su mano un jilguero (fig. 3). Aquí se nos habla de las virtudes de templanza, confianza y serenidad que trasmiten ambas niñas al manipular al avecilla pero también, el pájaro en sí, describe un contexto cultural de ocio determinado, reservado al disfrute del estamento noble (reyes y alta nobleza).

Fig. 3 Alonso Sánchez Coello, Las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela (ca. 1568). Monasterio de las Descalzas Reales, Madrid.

Fig. 4 Alonso Sánchez Coello, Archiduque Wenceslao (1561-1578) a la edad de trece años con un halcón (1574). Castillo de Ambras, Innsbruck.

Sigamos pensando con los retratos. En otro lienzo de Alonso Sánchez Coello, el Archiduque Wenceslao también porta un ave (fig. 4). Posiblemente se trate de un halcón Aplomado, ave proveniente de América Central y del Sur, cuyo monopolio estaba reservado a los príncipes Habsburgo. “Coleccionar estos pájaros del Nuevo Mundo se volvió sinónimo de un nivel de lujo y majestad nunca vistos en otras partes. La importación de estas aves exóticas comenzó en la década de 1570 y poco después fueron encargados retratos principescos habsbúrgicos con sus nuevas mascotas” (Pérez de Tudela). El detalle toma significación como referencia a la cetrería, actividad lúdica para, casi exclusivamente, los miembros varones de la nobleza. La cetrería es un atributo masculino del estamento, en particular, de los llamados a ejercer tareas de gobierno. Sabemos de la afición de Maximiliano II y del modo en que se hacía con los mejores halcones portugueses o septentrionales. Algunos gobernantes europeos enviaban con regularidad halcones a España como regalos diplomáticos, por ejemplo el Duque de Brandemburgo o Catalina de Médici. Imágenes y documentos nos hablan de un contexto socioeconómico inserto en el proceso de expansionismo colonial.

Infantes e infantas, niños y niñas, jilgueros, loros y halcones. ¿Has pensado que estos pájaros también aluden a una prefiguración de roles adultos ligados al estamento y al género? Lo curioso es que si bien la práctica deportiva de la cetrería se considera masculina, la educación de las infantas se centró no sólo en el “dominio de las labores y saberes propios de su sexo” si no también en la caza, la cetrería, el manejo del arcabuz, la equitación y las flechas (Albaladejo). Por supuesto no se trataba de promocionar la igualdad de géneros (algo ajeno a la mentalidad del siglo XVI) sino de la insistencia en que para asumir una tarea masculina -reinar- hay que dedicarse, también, a prácticas asociadas consideradas viriles.

A través de estos tres sencillos artículos hemos intentado acercarte al universo de los retratos cortesanos. Un mundo fascinante donde, todo lo que vemos también nos habla de muchas otras cosas que están más allá del cuadro.

Autor: Gerardo Rappazzo Amura

Guía oficial de turismo de Madrid Nº 654

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