Origen de la Semana Santa

Como la mayoría de las fiestas cristianas del calendario, también la Semana Santa tuvo un origen pagano, ya que coinciden con las celebraciones del equinoccio de primavera.  Celebraciones que se desarrollaron tanto en la Europa del norte como en el mundo mediterráneo.

El Cristianismo asimiló estas tradiciones antiguas y las acomodó a su calendario litúrgico, buscando un paralelismo simbólico entre la festividad pagana, los preceptos religiosos y la propia vida de Jesucristo.  Así la rememoración de la pasión, muerte y resurrección de Cristo encajaría a la perfección con la exaltación de la primavera o “prima veris”, es decir, la primera germinación o floración, símbolo del renacimiento de la vida después de la estación invernal.

También tienen en cuenta la coincidencia con la Pascua judía o “Pésaj”, celebrada en el mes hebreo de Nisán (abril) con la que celebran la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto.  Por diferenciar la Pascua cristiana de la judía, que no tenía un día fijo en la semana para su celebración, el monje y matemático Dionisio el Exiguo que había diseñado el calendario gregoriano, establece en el año 525 que la Pascua cristiana sería en el primer domingo después de la primera luna llena de la primavera, y por eso siempre se celebrará entre el 22 de mazo y el 25 de abril.

Muchas cofradías y hermandades nacen en los siglos XIV y XV como congregaciones de laicos que se unen para dos principales funciones, apoyarse en los momentos más difíciles como en la enfermedad y la muerte, y también para experimentar la pasión de Cristo a través de la penitencia.

Había dos clases de cofrades, los de “luz” y los de “sangre”, es decir, disciplinantes que se autoflagelaban durante las procesiones.  En el siglo XVIII, durante la Ilustración, Carlos III prohíbe definitivamente estas penitencias públicas por excesivas y decadentes, permaneciendo solo los penitentes de luz que llamamos actualmente “Nazarenos”.

El origen de los cortejos procesionales actuales habría que buscarlo en la celebración del “Via Crucis”.  En un primer momento los protagonistas de estas comitivas procesionales fueron los penitentes, los flagelantes, y las imágenes religiosas tenían una importancia secundaria, por ejemplo, un crucifijo cerrando el final del cortejo.  Esto cambiará tras el Concilio de Trento (1545-1563) y la Contrarreforma, respuesta de la iglesia católica a la reforma protestante luterana.  Por contraposición a la iconoclastia protestante se impone la exteriorización de la fe expresada en la representación de imágenes, que se servirán del nuevo estilo que surge junto a este movimiento, el Barroco, apoyándose en su naturalismo y verismo.  La liturgia eclesiástica centrada en las lecturas sagradas en latín, no atraían a los fieles, en parte por el analfabetismo imperante.

Por lo tanto, se fomenta una liturgia más cercana y comprensible para el pueblo basada en la teatralidad de las imágenes religiosas que representan los hechos de la pasión y muerte de Cristo durante las procesiones, que muevan a la devoción.  Las imágenes trascienden de su materialidad para convertirse en un medio, un vehículo para llegar a dios.  Algo intrínseco al espíritu del Barroco.

A lo largo de los siglos y en la España católica se generalizarán estas celebraciones con características y particularidades propias en cada una de las ciudades y regiones.  Algunas de ellas han adquirido fama universal y han sido catalogadas como fiestas de interés turístico internacional.

Autor: Antonio Sánchez Lago

Guia Oficial de Madrid, habilitación nº 443

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